Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Saltó al suelo. Ahora, a la visión de las hienas realizando su espantoso trabajo se unieron los ruidos que hacían y aumentó su olor. Aquello era demasiado para Tarzán. Un estruendoso rugido salió de su gran pecho y se abalanzó hacia las hienas, blandiendo la espada en gesto amenazador.

Examinó el terreno minuciosamente.

—Dos hombres —dijo con voz queda—. Echaron a andar —señaló hacia abajo, aunque no hablaba con nadie más que consigo mismo— desde aquí. Y fueron —volvió a señalar— por aquí. El rastro tiene unos dos días, pero no es demasiado antiguo para seguirlo. Lo seguiré.

Varios motivos animaban la decisión de Tarzán. Si aún estaban vivos, los hombres que habían caído de los cielos y ahora se encontraban en la jungla eran seres humanos que podían necesitar ayuda. Además, aquellos hombres eran extranjeros, y era asunto de Tarzán descubrir quiénes eran y qué hacían en sus dominios.

De modo que echó a andar sin pensárselo más.

Tantor, el elefante, barritó en su camino y se quedó esperando con la trompa preparada para coger a Tarzán y dejarlo sobre su lomo, pero Tarzán no tenía tiempo para estos lujos. Podía seguir mejor el rastro si estaba cerca del suelo, así que gritó:


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