Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos AsĂ transcurrĂan los dĂas y las noches, pensando Tarzán en las horas en que estaba despierto e incluso en sus sueños. Estaba más alerta que nunca a todos los ruidos y todos los olores; pero más importante todavĂa era que su sexto sentido estaba alerta a la jungla y a cualquier mensaje que esta pudiera transmitirle.
Mensajes habĂa muchos, pero Ă©l esperaba el que le darĂa esperanza. OĂa a Sheetah el leopardo. En Ă©l no habĂa esperanzas. OyĂł a Dango de nuevo, y oliĂł a la bestia con su repugnancia de siempre. Numa, el leĂłn, anunciĂł su hambre con sus rugidos desde muy lejos. El aguzado oĂdo de Tarzán lo oyĂł, pero ese ruido no servĂa para nada excepto para introducir el pasajero pensamiento de que era más noble ser comido por un leĂłn que por los buiroos.
Entonces Tarzán —o más bien el sexto sentido de Tarzán— recibió otro mensaje. Un leve destello de sorpresa apareció en sus ojos; las ventanas de la nariz le temblaron.
Poco después, Tarzán empezó a balancear su torso hacia delante y hacia atrás, suavemente, y un sonido como un cántico bajo empezó a brotar de sus labios. El guardia que estaba ante la abertura de la choza atisbó dentro, vio los movimientos de Tarzán y le preguntó:
—¿Qué estás haciendo?
Tarzán interrumpió su movimiento y su cántico solo el tiempo suficiente para decir: