Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Ahora sabían qué era lo que le había hecho sentirse inquieto y qué le había llevado hasta allí, y ahora también ellos agitaron el aire con sus trompas, pisotearon el suelo con impaciencia, aguardando solo que su jefe diera la señal de emprender la marcha.

Tantor dio la esperada señal… ¡y la manada partió!

Caminaba rápida, de forma regular, sin remordimientos, directa hacia su meta. Marchaba sin desviarse, salvo de los grandes árboles. Pasaba por encima de los arbolitos como si fueran cerillas. Directa y firmemente marchó la gran manada hacia la aldea de los buiroos.

Tarzán, cautivo en su choza, fue el primero en oír el estruendo de la manada que se acercaba. Sus ojos se iluminaron y sus labios esbozaron una sonrisa. ¡Sus «plegarias» habían sido escuchadas! ¡Su liberación llegaba deprisa —cada vez más rápida—, cada vez estaba más cerca!

En el aire, fuera de la choza, se alzaron gritos de pánico. Tarzán oyó el ruido que hacían los elefantes al arañar y golpear la valla de madera que rodeaba la aldea. Oyó los crujidos. Una parte completa de la valla cayó destrozada. ¡Los elefantes entraron!

—¡Tantor! ¡Tantor! —gritó la potente voz de Tarzán—. ¡Tantor! ¡Tantor! —vociferaba—. ¡Ven a buscarme!


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