Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos Pero Tantor no necesitaba ninguna invitación para acudir a Tarzán. El olor de su amigo-hombre era suficiente, y la voz de Tarzán solo confirmaba a Tantor su presencia allí.
Tarzán oyó el ruido de la trompa de Tantor sobre él. Todo el tejado de paja de la choza en la que se encontraba fue barrido y apartado. Al levantar la mirada, Tarzán contempló el bulto tremendo de Tantor, y más allá las estrellas del firmamento. Al instante siguiente Tantor bajó la trompa, rodeó con ella a Tarzán, lo levantó y se lo puso sobre el lomo.
Tantor levantó la trompa, esperó. Entonces Tarzán, y no Tantor, se hallaba al mando de la manada.
Y fue Tarzán, con su fuerte voz, quien dio la señal de que era hora de partir. La aldea era ahora un montón de escombros, no quedaba en pie ni una sola choza, y los buiroos se habían retirado con terror y escondido entre los arbustos. Triunfante, la manada dejó atrás la aldea.
Rompía el alba. Tantor y la manada habían hecho su trabajo. Fueron los monos y no los elefantes los que aflojaron las ataduras de Tarzán, saltando a su alrededor, parloteando de placer por verle de nuevo. Tarzán rascó a Tantor detrás de las orejas, y Tantor supo que le estaba dando las gracias.