Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos Volvió a mirar al extranjero, esta vez un poco más de cerca, y vio que era apuesto y tenÃa aspecto de ser inteligente. Sin embargo, sin duda aquel hombre estaba loco; probablemente era uno de esos humanos que se pierden y que de vez en cuando se encuentran incluso en lugares civilizados, vagando desnudos por los bosques. En general se les llamaba hombres salvajes, pero la mayorÃa eran inofensivos medio chiflados. Aun asÃ, Ramsgate pensó, recordando la lección de Burton, que lo mejor que podÃa hacer era tratar bien a aquel hombre y darle de comer.
* * *
Se volvió y llamó a los muchachos.
—Daos prisa con esa comida. Hoy queremos partir temprano.
Varios blancos se habÃan despertado con el ruido que habÃa en el campamento y fueron saliendo de sus tiendas. Gault se encontraba entre ellos. Se dirigió hacia la fogata, seguido por los demás.
—¿Qué ocurre aquÃ, señor?
—Este pobre diablo tenÃa frÃo y se ha acercado al fuego —dijo Ramsgate—. Todo va bien, es bien recibido. ¿Se ocupará de que le den desayuno, Gault?
—SÃ, señor. —La mansedumbre de Gault sorprendió a Ramsgate.