Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos —Dame un poco de brandy, John —pidiĂł a Ramsgate—. Creo que ese demonio me ha roto la muñeca. Dios mĂo, estoy que no me tengo en pie. Ese tipo no es humano. Me ha zarandeado como si fuera un bebĂ©. Cuando estaba seguro de que nadie nos seguĂa, me ha soltado. Y entonces se ha subido a los árboles igual que un mono. Os lo aseguro, es muy extraño.
—¿Te ha hecho daño después de sacarte del campamento? —quiso saber Ramsgate.
—No. Solo me ha arrastrado consigo. No me ha hablado ni una sola vez, no ha pronunciado ni una palabra. Era como…, bueno, era como ser arrastrado por un león.
—Espero que no volvamos a verle —dijo Ramsgate esperanzado.
—Bueno, no cabe ninguna duda —señaló Trent—. Mató al pobre Burton, bien, y ha huido limpiamente.
El safari avanzaba muy despacio; cuatro porteadores llevaban el cuerpo de Burton en una camilla improvisada. Iba a la retaguardia de la columna, y Barbara iba al frente con su hermano para no tener que verlo.
No llegaron a Bangali aquel dĂa, y tuvieron que montar otro campamento. Todos estaban deprimidos. No hubo risas ni cantos entre los nativos, y muy poco despuĂ©s de la cena todos se retiraron para pasar la noche.