Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos Al dĂa siguiente los dos cautivos que estaban en la gran jaula de hierro estaban muy contentos. Janette estaba contenta porque se encontraba a salvo y no habĂa sufrido ningĂşn daño despuĂ©s de una noche pasada con una criatura que se comĂa la carne cruda y gruñĂa al mismo tiempo; un hombre salvaje que habĂa matado a tres guerreros africanos solo con sus manos antes de que pudieran vencerle, y al que Abdullah acusaba de ser canĂbal. SentĂa tal alivio que canturreĂł una estrofa de una canciĂłn francesa muy popular cuando ella se marchĂł de ParĂs. Y Tarzán estaba contento porque comprendĂa las palabras; mientras dormĂa, su dolencia se le habĂa pasado tan de repente como le habĂa sobrevenido.
—Buenos dĂas —dijo en francĂ©s, la primera lengua humana que habĂa aprendido; se la habĂa enseñado el teniente francĂ©s al que habĂa salvado de la muerte un dĂa muy lejano.
La muchacha le mirĂł muy asombrada.
—Bu… buenos dĂas —balbuceó—. Yo… Yo…, ellos me dijeron que no podĂas hablar.
—Sufrà un accidente —explicó—; ahora estoy perfectamente.
—Me alegro —dijo ella—; Yo… —vaciló.
—Lo sĂ© —la interrumpiĂł Tarzán—; tenĂas miedo de mĂ. No debes tenerlo.
