Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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La furia de la tormenta aumentó; el Saigón navegaba ahora delante de ella con grandes mares que lo seguían y amenazaban con romper en la popa. El viento aullaba con ronca angustia y lanzaba espuma para unirse a la lluvia para inundar a los desdichados prisioneros enjaulados. Janette Laon yacía y trataba de dormir. La muchacha inglesa se paseaba arriba y abajo en los estrechos límites de su jaula. Tarzán la observaba; conocía ese tipo de mujer; una muchacha acostumbrada a la vida al aire libre; el libre balanceo de su paso lo proclamaba. Sería eficiente en cualquier cosa que emprendiera, y podría soportar penalidades sin quejarse. Tarzán estaba seguro de ello, pues la había observado desde que la habían subido a bordo del Saigón, la había oído hablar y se había fijado en que aceptaba lo inevitable con un espíritu similar al suyo. Supuso que esperaría con paciencia hasta que llegara su oportunidad y entonces actuaría con valor e inteligencia.

Mientras la miraba, aceptando la lluvia y el viento y el movimiento del barco como si fueran lo más normal del mundo, ella se detuvo al costado de su jaula, que se encontraba junto a la de él y le miró.

—¿Disfrutó del capitán? —le preguntó con una sonrisa rápida.

—Estaba un poquito demasiado salado —respondió Tarzán.

—Tal vez el sueco era mejor… —sugirió ella.


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