Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Capítulo VII

Llovía a cántaros y el viento silbaba a través de las jaulas, arrastrando una miríada de puntas de alfiler hasta los que estaban encerrados sin protección alguna. El mar empezó a agitarse y el Saigón navegaba subiendo y bajando con fuerza; los destellos de los relámpagos iluminaban por un momento el barco y anunciaban el profundo rugir del trueno que seguiría, que por unos instantes ahogaba los rugidos y gruñidos y el barritar de las aterrorizadas bestias.

Tarzán permaneció erguido en su jaula disfrutando de la lluvia, el trueno y el rayo. Cada nítido destello dejaba ver a los ocupantes de las jaulas contiguas, y durante uno de ellos vio que el inglés había puesto el abrigo sobre los hombros de su esposa e intentaba proteger su cuerpo de la tormenta con el suyo. La muchacha inglesa permanecía de pie, igual que Tarzán, disfrutando al parecer de esta batalla con la tempestad. Fue entonces cuando el hombre mono decidió que le gustaban estas dos cosas.





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