Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos De pronto el barco se balanceó, ladeándose, y cayó en la depresión, escorando sobre las cabezas de los baos. Se oyó un grito de terror cuando un relámpago reveló que el coronel y su esposa habÃan sido arrojados pesadamente contra los barrotes de su jaula.
—¡Pobre tÃa Penelope! —exclamó la muchacha inglesa—. No soportará esto mucho más. —Fue al otro lado de la jaula junto a su tÃa—. ¿Te has hecho daño, tita? —preguntó.
—Me he roto todos los huesos del cuerpo —respondió miss Leigh—. Nunca aprobé esa boba expedición. A quién le importa saber qué es lo que vive en el fondo del océano; bueno, nunca habrÃamos conocido a ninguno de estos en Londres. Ahora hemos perdido el Naiad y de paso estamos a punto de perder nuestras vidas. Espero que tu tÃo esté satisfecho.
Patricia exhaló un suspiro de alivio, pues ahora sabÃa que su tÃa estaba bien. El coronel mantenÃa un discreto silencio; veinticinco años de experiencia le habÃan enseñado cuándo era mejor callar.
Pasó la larga noche, pero la tormenta no amainó. El Saigón aún navegaba delante de ella, reducida su velocidad a unos cinco nudos y recibiéndola por la popa. Una ola ocasional rompió en la popa, inundando las cubiertas, y casi sumergió a los que estaban encerrados en las jaulas, que solo podÃan agarrarse a los barrotes y esperar que no ocurriera lo peor.