Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos —No puedo fallar, sahib Krause —replicĂł Abdullah Abu NĂ©jm—. Está herido; lo sĂ© por Ndalo, en cuyo paĂs está ahora, y por tanto podrĂamos cogerle fácilmente. ¡PiĂ©nsalo, sahib! Un hombre salvaje real, criado por simios desde la infancia, el compañero de los elefantes, el que mata leones. Bueno, valdrĂa más que todo tu cargamento de bestias salvajes en la tierra de los nasara; te harĂa un hombre rico, sahib Krause.
—SegĂşn tengo entendido, ese tipo habla inglĂ©s tan bien como los malditos británicos mismos; he oĂdo hablar de Ă©l durante años. ÂżCuánto tiempo supones que podrĂa exhibir en una jaula, en Estados Unidos, a un hombre blanco que habla inglĂ©s? Abdullah, siempre dices que nosotros los nasara estamos locos, pero creo que el que está loco eres tĂş.
—No entiendes —repuso el árabe—. Esta herida que ha sufrido le ha privado del habla y del conocimiento del habla; en este aspecto, serĂa como tus otras bestias. No pueden quejarse, de modo que nadie puede comprender; Ă©l tampoco podrĂa.
—Afasia —murmuró Krause.
—¿Qué has dicho, sahib?
—Es el nombre de la dolencia que ha causado la pĂ©rdida del habla de tu hombre —explicĂł Krause—. La produce una lesiĂłn cerebral. Esto presenta un aspecto diferente del asunto; podrĂa realizarse la acciĂłn, y muy provechosamente; pero aun asĂ… —vacilĂł.