Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Cuando el campamento estuvo terminado, se puso a trabajar para hacer las armas de caza que más le gustaba utilizar. Su arco, flechas y carcaj tuvo que hacérselos él mismo; pero entre las provisiones del barco encontró un cuchillo adecuado y una cuerda, y convirtió un arpón en una lanza. Esto último era un reconocimiento tácito de la presencia de los grandes carnívoros que había soltado en la isla. Y entonces, una mañana, Tarzán desapareció del campamento antes de que los demás despertaran. Siguió el curso del riachuelo que discurría desde las colinas cubiertas de vegetación, pero, para evitar la maraña de maleza, se subió a un árbol y avanzó a través de ellos.

Tarzán había salido del campamento antes de que los demás despertaran, o eso es lo que él creía, pero después advirtió que le estaban siguiendo y miró atrás: vio a los dos orangutanes avanzando por los árboles detrás de él.

—Tarzán caza —dijo en la lengua de los grandes simios, cuando le hubieron alcanzado—; no hagáis ruido.

—Tarzán caza, mangani no hacen ruido —le aseguró uno de ellos.

Y así, los tres fueron avanzando a través de los árboles de la silenciosa jungla.


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