Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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En las laderas inferiores de las montañas, Tarzán encontró a los elefantes comiendo brotes tiernos. Les habló y ellos le saludaron con un gruñido. No tenían miedo, y no se apartaron. Tarzán pensó que tenía que saber hasta qué punto podían llegar a ser amistosos, y para ello saltó cerca de un gran macho africano y le habló en la lengua que había utilizado toda su vida para conversar con su amado Tantor.

En realidad no es un lenguaje, y no sé cómo llamarlo, pero utilizándolo Tarzán pudo transmitir sus sentimientos más que sus deseos a las grandes bestias que habían sido sus compañeros de juegos desde su infancia.

—Tantor —dijo, y puso una mano sobre el hombro de la gran bestia. El enorme macho se balanceó hacia delante y hacia atrás, y tocó al hombre mono con su trompa, un toque interrogador, inquisitivo; y, mientras Tarzán le hablaba con suavidad, el toque se convirtió en una caricia. Y entonces el hombre mono dio la vuelta a la gran bestia por delante y le puso una mano sobre la trompa y dijo:

—¡Nala! La trompa le pasó suavemente por el cuerpo y Tarzán repitió: —¡Nala! ¡Tantor. Nala! Y entonces el elefante le rodeó con la trompa y lo levantó en el aire.

—¡B’yat, Tantor! —ordenó Tarzán—. ¡Tand b’yat! El macho bajó a Tarzán sobre su cabeza.


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