Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos —¡Vando! —dijo Tarzán, y rascó a la gran bestia detrás de las orejas.
Los otros elefantes siguieron alimentándose, sin prestar mayor atenciĂłn al hombre mono, pero los orangutanes permanecĂan sentados en un árbol cercano y riñeron, pues Tantor les producĂa mucho miedo.
Tarzán decidió hacer un experimento, y saltó del lomo del elefante a un árbol cercano y se alejó un poco, adentrándose en la jungla; entonces gritó:
—¡Yud, Tantor, yud b’yat!
A travĂ©s de la jungla y la maleza, llegĂł la respuesta en forma de retumbo procedente de la garganta del macho. Tarzán escuchĂł; oyĂł el ruido de ramitas que se rompĂan y de maleza que se aplastaba, y despuĂ©s la gran mole de Tantor se cerniĂł sobre Ă©l.
—Vando, Tantor —dijo Tarzán, y se alejĂł por los árboles, para gran alivio de los orangutanes, que habĂan observado con disgusto toda la escena.
La montaña que ahora se alzaba ante ellos estaba cortada a pico, y con frecuencia habĂa lugares a los que solo Tarzán o sus amigos simios podĂan acceder. Al fin llegaron a un saliente que discurrĂa hacia el sur. Sin embargo, se alejaba del riachuelo desde el que Tarzán habĂa partido, al pie de una cascada que se derramaba sobre un acantilado cuyas paredes resbaladizas solo podĂan ser salvadas por una mosca o un lagarto pero por pocos seres más.