El Hermano Jacob

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A continuación, se apoderó del señor Freely el deseo incontenible de poseer la receta para el cerdo adobado de la señora Palfrey, ya que estaba en todas las bocas que era superior al suyo, tal como él mismo le comunicó en una carta muy halagadora que le llevó el mozo de los recados. La señora Palfrey, como otros genios, se guiaba más por su instinto que por las normas y no tenía recetas; en realidad, despreciaba a las personas que las utilizaban y señalaba que la gente que preparaba conservas siguiendo las recetas de un libro debía atenerse a pesos y medidas y tonterías como ésas; en cuanto a ella, los pesos y medidas los tenía en la punta de los dedos y de la lengua, y para las cosas secas como harina y especias usaba puñados y pellizcos; para los líquidos, tenía una jarrita, lo más adecuado para medir mucho o poco, porque cualquiera sabía lo que era una taza de té, y seguro que necesitaba cinco jarritas de tamaño mediano para un galón. Los conocimientos de este tipo son como los colores de Tiziano: algo difícil de comunicar; y como la señora Palfrey, en otros tiempos notablemente hermosa y a la sazón robusta y asmática, casi nunca salía de su casa, apenas podía impartir su enseñanza oral en otro lugar que no fuera Long Meadows. Ni siquiera una matrona es insensible al halago, y la perspectiva de recibir a un visitante cuyo principal objetivo fuera escuchar su conversación no carecía de encanto para ella. Puesto que no existía receta alguna que enviar en respuesta a la humilde petición del señor Freely, pidió a su hija Penny que le escribiera una nota diciéndole que su madre se alegraría de verlo y de hablar con él sobre las conservas de cerdo cualquier día que quisiera pasar por Long Meadows. Penny obedeció con mano temblorosa, pensando en las cosas maravillosas que sucedían en este mundo.


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