El Hermano Jacob
El Hermano Jacob De esta manera, el señor Freely se introdujo en la casa de los Palfrey y, a pesar de la tendencia del sector masculino de la familia a burlarse un poco de él por «paliducho» y patizambo, consolidó su posición como invitado asiduo y aceptado. Cuando se encontraron un domingo en la casa, el joven Towers lo miró con disgusto cada vez mayor y, en secreto, deseó probar con él su hurón, como si fuera una alimaña que el valioso animal pudiera manejar con energía y vigor. Sin embargo —qué ciegos son los padres algunas veces—, ni el señor ni la señora Palfrey sospecharon que Penny tuviera nada que ver con un comerciante de dudosa categoría en tan marchita flor de la juventud. Pensaban que el joven Towers la miraba con buenos ojos y que, probablemente, algún día fuera ése un buen partido; pero Penny era una niña en aquel momento. Y, mientras tanto, Penny iba imaginando las circunstancias en las que el señor Freely se le declararía: quizá bajo la hilera de ciruelos, cuando estuvieran en el jardín antes de tomar el té; quizá por carta, en cuyo caso, ¿cómo empezaría ésta? ¿«Mi querida Penélope»? ¿«Estimada señorita Penélope»? ¿O directamente, sin «querida» ni nada, como parecía lo más natural cuando las personas se sentían un poco violentas? De todos modos, fuera como fuere la proposición, no la aceptaría sin el consentimiento de su padre: siempre sería fiel al señor Freely, pero no desobedecería a su padre. Porque Penny era una buena chica, aunque algunas de sus amigas pensaran más tarde que no decía mucho en su favor que no hubiera sentido una repugnancia instintiva por el señor Freely.