El molino de Floss

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Por fin —¡qué hermosa visión!— aquel camino, el más largo del mundo, se terminó y desembocó en una carretera ancha por la que, en aquel momento, circulaba incluso un carruaje. Y en la esquina había una indicación: seguro que la había visto antes. La señal decía: «A Saint Ogg’s, 2 milla». Así pues, el gitano de veras la llevaba a casa: después de todo, probablemente, era un buen hombre y quizá se había ofendido al pensar que no quería viajar sola con él. La idea fue ganando terreno a medida que Maggie se convencía de que el hombre conocía bien la carretera, y estaba pensando en cómo iniciar una conversación con el ofendido gitano y no sólo reparar sus sentimientos sino también borrar la impresión causada por su cobardía cuando llegaron a un cruce y Maggie divisó a alguien que se acercaba montado en un caballo de cara blanca.

—¡Para, para! —gritó—. ¡Es mi padre! ¡Padre, padre!

Aquella alegría repentina resultó casi dolorosa y, antes de que su padre llegara hasta ella, se echó a llorar. El señor Tulliver se asombró muchísimo, porque regresaba de Basset y todavía no había pasado por su casa.

—¡Caramba! ¿Qué significa esto? —dijo, frenando el caballo mientras Maggie se deslizaba del burro y corría hacia el estribo de su padre.


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