El molino de Floss

El molino de Floss

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A Maggie le gustaba vagar por el gran espacio interior del molino y muchas veces salía con el cabello negro cubierto de una suave blancura que le hacía brillar los ojos oscuros con nuevo fuego. El resuelto estruendo, el movimiento incesante de las grandes piedras —que provocaba en ella un vago y delicioso temor, como si se encontrara ante una fuerza incontrolable—, la harina que caía y caía, el fino polvo blanco que suavizaba todas las superficies y hacía que las mismas telarañas parecieran encajes feéricos, el olor puro y agradable de la harina: todo ello contribuía a que Maggie sintiera que el molino era un mundo pequeño, distinto de su vida cotidiana. Las arañas, en especial, le llamaban la atención: se preguntaba si tendrían parientes en el exterior del molino, porque en ese caso la relación familiar debería de ser muy complicada: una araña gorda y harinosa, acostumbrada a comer moscas bien espolvoreadas, sufriría un poco cuando la invitara una prima a tomar moscas au naturel, y las señoras arañas se sorprenderían bastante al comparar su distinto aspecto. Pero la zona del molino que más le gustaba era el piso superior, donde se almacenaba el grano en grandes montones, sobre los que se podía sentar y deslizarse una y otra vez. Tenía costumbre de hacerlo mientras conversaba con Luke, con el que se mostraba muy comunicativa porque deseaba que tuviera una buena opinión de su inteligencia, como su padre.


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