El molino de Floss

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De lo que has visto de Tom, lector, podemos concluir que se trata de un muchacho al que nadie profetizaría un fracaso en lo que deseara firmemente emprender: probablemente, las apuestas estarían de su parte a pesar del escaso éxito que había tenido con los clásicos. Lo cierto era que Tom nunca había deseado alcanzar el éxito en ese terreno: y para obtener una buena cosecha de estupidez, no hay nada como sembrar en un cerebro una serie de asuntos que no le interesen. Sin embargo, ahora la poderosa voluntad de Tom, concentrando los esfuerzos y superando los desalientos, había unido la integridad, el orgullo, los pesares familiares y la ambición personal y los había convertido en una fuerza. El tío Deane, que lo observaba atentamente, pronto empezó a albergar esperanzas sobre él y a sentirse orgulloso de haber colocado en la empresa a un sobrino que parecía estar hecho para el comercio. Tom, en cuanto su tío empezó a insinuar que transcurrido un tiempo, tal vez se le encargaría algún viaje en determinadas temporadas y la compra para la empresa de algunas mercancías vulgares —que prefiero no mencionar para no ofender a los oídos delicados— advirtió que había sido un gesto amable por su parte emplearlo de entrada en el almacén; y, sin duda, pensando en ello, el señor Deane, cuando tenía previsto tomar a solas un vasito de oporto, invitaba a Tom a pasar con él una hora, que dedicaba a sermonear e instruirlo sobre los artículos de exportación e importación, con alguna digresión ocasional de utilidad indirecta sobre las ventajas relativas que para los comerciantes de Saint Ogg’s suponía que les trajeran las mercancías en bodegas propias o extranjeras, tema que al señor Deane, en su condición de naviero, hacía soltar chispas en cuanto se calentaba con la conversación y el vino. Durante el segundo año, aumentó el salario de Tom, pero todo, excepto lo que costaba la comida y la ropa, iba a parar a la caja de lata de su casa, y el joven rehuía la camaradería por temor a que lo empujara a gastos no deseados. Con todo, Tom no encajaba en el bobo modelo del «aprendiz industrios»; deseaba ardientemente algunos placeres, le habría gustado ser domador de caballos y ofrecer una figura distinguida ante los ojos del vecindario, repartir bienes y prebendas con calculada generosidad y ser considerado uno de los jóvenes más refinados de la región; más aún, estaba decidido a conseguir todo eso tarde o temprano. Pero su astucia le decía que los medios para lograrlo exigían que se sacrificara en aquel momento: debía superar determinadas etapas y una de las primeras era el pago de las deudas de su padre. Tras tomar esta decisión, siguió adelante sin vacilar, envuelto en cierta severidad saturnina, tal como hace un hombre joven cuando se le exige de modo prematuro que se muestre responsable. Tom sentía intensamente esa necesidad de hacer causa común con su padre que se deriva del orgullo familiar, y se concentraba en comportarse como un hijo irreprochable; pero la experiencia que iba adquiriendo le hacía condenar en silencio la imprudencia e irreflexión de la conducta pasada de su padre: no tenían caracteres afines y el rostro de Tom, no se mostraba muy alegre durante las horas que pasaba en casa. Maggie sentía por él un respeto reverencial y aunque luchaba para combatirlo, porque era consciente de que ella poseía pensamientos más amplios. Y motivos más profundos, era inútil. Un carácter en armonía consigo mismo, que logra lo que se propone, domina los impulsos opuestos y no se plantea nada imposible, es fuerte gracias a lo que niega.


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