El molino de Floss
El molino de Floss Como bien puedes imaginar, lector, las diferencias entre Tom y su padre, cada vez más obvias, sirvieron para reconciliarlo con las tías y los tíos maternos; y los informes y predicciones favorables del señor Deane al señor Glegg en relación con la aptitud de Tom para los negocios empezaron a ser tema de conversación entre ellos con distintos grados de convicción. Al parecer, Tom era capaz de hacer honor a la familia sin causar gasto ni problema alguno. A la señora Pullet siempre le había parecido extraño que la excelente tez de Tom, tan propia de los Dodson, no fuera indicio de que el muchacho acabaría saliendo bien, y que errores juveniles tales como correr tras el pavo real y la falta de respeto general a sus tías sólo indicaban la presencia de unas gotas de la sangre de los Tulliver que, sin duda, se habían diluido al crecer. El señor Glegg, que había contraído un prudente afecto por Tom al comprobar la actitud enérgica y sensata de éste cuando subastaron los objetos de la casa, comunicó que abrigaba una decisión para favorecer sus perspectivas más adelante, cuando se le ofreciera la posibilidad de hacerlo de modo prudente y sin grandes pérdidas; pero la señora Glegg destacó que ella no era dada a hablar sin autoridad, como otras personas, y que quienes menos hablaban, más éxito acostumbraban a tener, y que cuando llegara el momento, ya se vería quién podía hacer algo mejor que hablar. El tío Pullet, tras meditar en silencio durante varios caramelitos, llegó claramente a la conclusión de que cuando era probable que un joven se desenvolviera adecuadamente, lo mejor era no inmiscuirse en sus cosas.