El molino de Floss

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Al día siguiente del último encuentro de Maggie con Philip era domingo; el señor Pullet debía aparecer con cinta negra en el sombrero y bufanda fúnebre en la iglesia de Saint Ogg’s, y la señora Pullet aprovechó la ocasión para comer con su hermana Glegg y tomar el té con la desgraciada hermana Tulliver. La tarde del domingo era la única que Tom pasaba en casa y aquel día el buen humor que había tenido últimamente se manifestó en una charla inusualmente alegre con su padre y la invitación «¡Vamos, Maggie, ven tú también!» a la vez que salía al jardín a dar un paseo con su madre para contemplar la avanzada floración de los cerezos. Tom se sentía más satisfecho con Maggie desde que había dejado de mostrarse extraña y ascética; incluso empezaba a sentirse orgulloso de ella: había oído comentar más de una vez que su hermana era una muchacha muy hermosa. Aquel día su rostro resplandecía especialmente por una agitación oculta, debida en partes iguales al placer y al dolor, pero que podía interpretarse como señal de felicidad.

—Tienes muy buen aspecto, querida —dijo la tía Pullet moviendo la cabeza con aire triste cuando se sentaron ante la mesa del té—. Bessy, nunca pensé que tu hija llegara a ser tan guapa. Pero deberías ir de rosa, hija mía: este vestido azul que te dio la tía Glegg te da aire de flor de cuclillo. Jane nunca tuvo buen gusto, ¿por qué no te pones aquel vestido mío?


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