El molino de Floss

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—Es tan bonito y tan elegante, tía, que me parece exagerado para mí: contrastaría demasiado con las prendas que lo acompañaran.

—A lo mejor sería poco adecuado si no supiera todo el mundo que te corresponden, pues yo puedo dártelos cuando ya no me los pongo. Es razonable que dé ropa de vez en cuando a mi sobrina, cosas que yo puedo comprar cada año y casi no desgasto. A Lucy no tengo nada que darle, porque tiene de todo y de lo más selecto: nuestra hermana Deane puede llevar la cabeza bien alta, aunque tiene una tez horriblemente amarilla, pobrecilla: creo que esa enfermedad del hígado acabará con ella. Eso es lo que ha dicho hoy el nuevo párroco, ese tal doctor Kenn, en el sermón del funeral.

—Ah, es un orador estupendo, ¿verdad, Sophy? —preguntó la señora Tulliver.

—Vaya, Lucy llevaba hoy mismo un cuello manífico —prosiguió la señora Pullet, con la mirada perdida y aire pensativo—. No digo yo que no tenga alguno tan bueno como el suyo, pero está a la altura del mejor de los míos.

—Según dicen, la llaman «la Beldad de Saint Ogg’». Qué palabra tan rara: será porque es verdad —observó el señor Pullet, para el cual algunas palabras encerraban misterios impenetrables.


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