El molino de Floss

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Maggie permaneció inmóvil unos minutos, agitada tan solo por sus sollozos; después dio media vuelta, corrió hacia la casa y subió al desván, donde se sentó en el suelo y apoyó la cabeza contra un carcomido estante, sintiéndose terriblemente desgraciada. Después de pensar tanto tiempo en lo feliz que sería cuando llegara Tom, ahora estaba él en casa y se portaba con ella con tanta crueldad. ¿Qué le importaba todo lo demás si Tom no la quería? ¡Era muy cruel! ¿No le había ofrecido el dinero y le había dicho que lo sentía mucho? Sabía que muchas veces se portaba mal con su madre, pero nunca con Tom y nunca le había pasado por la cabeza hacerle alguna travesura.

—¡Qué malo es conmigo! —sollozó Maggie en voz alta, sintiendo un desolado placer en la resonancia del gran desván vacío. Ni se le ocurrió pegar o atormentar al fetiche: se sentía demasiado desgraciada para estar enfadada.

¡Triste pena la de la infancia, cuando la pena es nueva y extraña, cuando la esperanza todavía no tiene alas para volar más allá de los días y las semanas, y el espacio entre un verano y otro parece inconmensurable!



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