El molino de Floss

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No tardó en tener la sensación de que llevaba mucho rato en el desván y debía de ser ya la hora del té: todos estarían merendando sin pensar en ella. Pues bien, se quedaría allí y se moriría de hambre, se escondería detrás de la tina y se quedaría allí durante toda la noche. Entonces todos se asustarían y Tom lo sentiría mucho. Maggie, con el corazón lleno de orgullo, se entretuvo con estos pensamientos mientras se deslizaba sigilosamente detrás de la tina; pero allí volvió a echarse a llorar al pensar en que a nadie le importaba su paradero. Y si bajaba a ver a Tom, ¿la perdonaría? Quizá estuviera su padre y se pusiera de su parte. Pero ella quería que Tom la perdonara porque la quería y no porque se lo dijera su padre. No, no volvería a bajar hasta que Tom subiera a buscarla. Esta decisión se mantuvo firme durante los cinco oscuros minutos pasados tras la tina; pero la necesidad de que la quisieran, la más intensa en la pobre Maggie, se enfrentó a su orgullo y no tardó en vencerlo. Salió de detrás de la tina a la penumbra del largo desván y, en ese momento, oyó unos pasos rápidos en las escaleras.






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