El molino de Floss

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Tom había estado demasiado interesado charlando con Luke y rondando por las instalaciones del molino, entrando y saliendo a su gusto y tallando palos —por el mero motivo de que en el colegio no le estaba permitido— para pensar en Maggie y en el efecto que su rabia había causado en ella. Había querido castigarla y, después de hacerlo, se ocupó en otras cosas, como haría cualquier persona práctica. Sin embargo, después de que lo llamaran para tomar el té, su padre preguntó:

—¡Caramba! ¿Dónde está la mocita?

—¿Dónde está tu hermanita? —exclamó, casi en el mismo instante, la señora Tulliver.

Ambos suponían que Maggie y Tom habían pasado la tarde juntos.

—No lo sé —contestó Tom. No quería delatar a Maggie, aunque estaba enfadado con ella, porque Tom Tulliver era un hombre de honor.

—¡Cómo! ¿No ha estado jugando contigo durante todo este rato? —preguntó el padre—. Si ella no pensaba en nada más que en que volvieras a casa.

—No la he visto en estas dos horas —dijo Tom, empezando a comer plumcake.

—¡Cielo santo! ¡Se ha ahogado! —gritó la señora Tulliver, poniéndose en pie y corriendo hacia la ventana—. ¿Cómo has podido permitirlo? —añadió, convirtiéndose en una mujer asustada que acusaba a no sabía quién de no sabía qué.


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