El molino de Floss

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—¡Ca! No se ha ahogado —dijo el señor Tulliver—. T’has portado mal con ella, ¿verdad, Tom?

—Le aseguro que no, padre —contestó Tom indignado—. Me parece que está en casa.

—A lo mejor está en el desván —sugirió la señora Tulliver—, canturreando y hablando sola, sin acordarse de las horas de las comidas.

—Ve a buscarla, Tom —ordenó el señor Tulliver con severidad.

Su perspicacia o tal vez la debilidad que sentía por Maggie le hacían sospechar que el muchacho habría ofendido «a la nen», porque, de no ser así, ella nunca se habría alejado de él.

—Y pórtate bien con ella, ¿me oyes? Si no, te vas a enterar.

Tom nunca desobedecía a su padre, porque el señor Tulliver era un hombre autoritario y, tal como él decía, no estaba dispuesto a permitir que nadie le quitara el bastón de mando; pero se alejó con semblante hosco, llevando consigo el trozo de pastel y sin la menor intención de evitar a Maggie su bien merecido castigo. Tom sólo tenía trece años y no poseía criterio alguno sobre cuestiones de gramática o de aritmética, pero sabía perfectamente que estaba dispuesto a castigar a quien lo mereciera de la misma manera que aceptaba que lo castigaran si le estaba bien empleado; aunque, en realidad, él nunca fuera acreedor a un castigo.


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