El molino de Floss

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¿Acaso Stephen Guest no acertaba en su decidida opinión al pensar que aquella esbelta doncella de dieciocho años era exactamente el tipo de esposa con la que un hombre no se arrepentiría de haberse casado? Una mujer afectuosa y considerada con otras mujeres, que no les daba besos de judas mientras escudriñaba en busca de bienvenidos defectos, sino que se interesaba realmente por sus sufrimientos semiocultos y disfrutaba proporcionándoles pequeños placeres. Quizá la admiración de Stephen no ponía énfasis en esta poco frecuente cualidad, pues tal vez Stephen aprobaba su elección precisamente porque Lucy no le parecía una rareza. Los hombres desean que las mujeres sean hermosas: bien, Lucy lo era, pero no de modo enloquecedor. Los hombres desean que sus esposas sean damas cumplidas, amables, afectuosas y que no sean tontas: Lucy poseía todas esas cualidades. A Stephen no le sorprendía advertir que estaba enamorado de ella y era consciente de su buen juicio al preferirla a la señorita Leyburn, la hija de un miembro del gobierno local, aunque Lucy era sólo la hija de un socio menor de su padre; además, había tenido que desafiar y vencer la leve renuencia y la decepción de su padre y sus hermanas, circunstancia que da a cualquier joven una agradable conciencia de su dignidad. Stephen sabía que poseía sensatez e independencia suficientes para escoger, sin dejarse influir por consideraciones indirectas, a la mujer que probablemente lo haría feliz. Había elegido a Lucy de modo plenamente consciente: era una muchacha adorable y exactamente el tipo de mujer que siempre había admirado.


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