El molino de Floss
El molino de Floss A medida que crecemos, aprendemos a controlar los sentimientos. Después de una pelea, nos mantenemos a cierta distancia, nos expresamos con frases educadas y, así, conservamos una separación digna mientras mostramos firmeza, por un lado, y nos tragamos la pena por otro. Nuestra conducta ya no se asemeja a la de los animales inferiores, sino que nos comportamos en todos los sentidos como miembros de una sociedad altamente civilizada. Maggie y Tom todavía eran como animales jóvenes, y por ello Maggie podía frotar la mejilla contra la de Tom y besarlo en la oreja, entre sollozos; y el muchacho poseía fibras tiernas acostumbradas a responder a los mimos de Maggie, de modo que reaccionó con una debilidad incoherente con su decisión de castigarla tanto como merecía.
—No llores, Maggie. Ten, un poco de pastel —dijo, devolviéndole los besos.
El llanto de Maggie empezó a apaciguarse, abrió la boca y mordió un poco de pastel; después Tom mordió otro trocito, para acompañarla, y comieron juntos, se frotaron las mejillas, las cejas, la nariz mientras comían, con un humillante parecido a los ponis en una expresión de cariño.
—Vamos, Maggie: ven a tomar el té —dijo finalmente Tom, cuando ya no quedaba más pastel que el del salón.