El molino de Floss

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—¡Madre, madre! ¡Avise a Bob! ¡Es la señorita Maggie! Pase, señorita, pase —dijo, abriendo una puerta lateral y esforzándose en aplastarse contra la pared para dejar más espacio a la visita.

Tristes recuerdos acudieron en tropel cuando Maggie entró en el pequeño salón que era ahora lo único que el pobre Tom podía considerar su casa, nombre que en otro tiempo, tantos años atrás, significaba para ambos la misma suma de objetos queridos y familiares. Pero no todo era extraño en aquella nueva sala: el primer lugar donde se posaron sus ojos fue la grande y antigua Biblia, si bien ésta no ayudó a dispersar los viejos recuerdos. Maggie permaneció de pie sin decir nada.

—Si m’hace el favor de sentarse, señorita —dijo la señora Jakin tras pasar el delantal por una silla perfectamente limpia y llevarse a la cara una esquina de la prenda con aire cohibido mientras miraba a Maggie con aire de interrogación.

—Entonces, ¿Bob está en casa? —preguntó Maggie, recobrando la calma y sonriendo a la tímida muñeca de madera.

—Sí, señorita; pero creo que está lavándose y vistiéndose: iré a mirar —anunció la señora Jakin, desapareciendo.


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