El molino de Floss
El molino de Floss Pero no tardó en regresar con más valor, caminando detrás de su marido, el cual mostró los brillantes ojos azules y los dientes blancos y regulares desde la puerta, inclinándose respetuosamente.
—¿Cómo estás, Bob? —preguntó Maggie, avanzando y tendiéndole la mano—. Siempre he tenido ganas de visitar a tu esposa y, si ella me lo permite, regresaré otro dÃa para verla a ella. Pero hoy he tenido que venir para hablar con mi hermano.
—No tardará en volver, señorita. Le van bien las cosas al señor Tom. Será uno de los primeros de por aquÃ, ya lo verá.
—Bueno, Bob, no me cabe duda de que, llegue a donde llegue, estará en deuda contigo: lo dijo él mismo la otra noche, hablando de ti.
—Bueno, ésa es su manera de verlo, pero yo me tomo muy en serio lo que dice, porque a él no se le suelta la lengua como a mÃ. Pardiez, soy peor que una botella inclinada: cuando empiezo no sé parar. Tiene usted muy buen aspecto, señorita, m’alegro mucho de verla. ¿Qué dices, Prissy? —dijo Bob, volviéndose hacia su esposa—. ¿No era como yo decÃa? Aunque, cuando me lanzo, es fácil que hable bien de muchas cosas.
La pequeña nariz de la mujer de Bob parecÃa seguir el ejemplo de sus ojos y se alzaba, reverente, hacia Maggie, pero ahora ya se sentÃa capaz de sonreÃr y hacer reverencias.