El molino de Floss
El molino de Floss —M’apetecÃa muchÃsimo conocerla, señorita, porque mi marido no ha parao d’hablar de usté como un loco, desde que empezó a cortejarme.
—Bueno, bueno —dijo Bob sintiéndose ridÃculo—. Ve a mirar cómo van las patatas, que si no el señor Tom tendrá que esperar.
—Espero que Mumps se lleve bien con la señora Jakin, Bob —dijo Maggie con una sonrisa—. Recuerdo que dijiste que no le gustarÃa que te casaras.
—Señorita, le pareció bien cuando vio lo pequeña que era. Por lo general hace como que no la ve, o piensa que todavÃa no ha acabao de crecer. Pero hablando del señor Tom, señorita —dijo Bob, bajando la voz y adoptando un aire serio—, es muy reservao pero yo soy listo, y cuando dejo el fardo y estoy mano sobre mano, me intereso por lo que piensan los demás. Y me preocupa que el señor Tom se quede sentado y solo, enfurruñado, con el ceño fruncido y mirando el fuego toda la noche. Un muchacho joven y bien plantao como él deberÃa estar ya un poco más animado. Mi mujer entra algunas veces y él no se da cuenta, y dice que está mirando el fuego y arrugando el entrecejo, como si viera allà gente trabajando.
—Piensa mucho en los negocios —dijo Maggie.