El molino de Floss

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—Sí —dijo Bob, bajando la voz—, pero ¿no le parece que piensa en algo más? El señor Tom es muy cerrao, pero yo soy listo. Y las pasadas Navidades se me ocurrió que quizá estaba enamorado. Se esforzó mucho por encontrar un pequeño spaniel negro, una raza rara. Pero algo pasó entonces que lo ha hecho más callao que nunca, aunque ha tenido mucha suerte. Y quería decírselo, señorita, porque pensaba que a lo mejor podría usted entenderlo, ahora que está aquí. Está demasiado solo, no tiene suficiente compañía.

—Me temo que tengo muy poco poder sobre él, Bob —dijo Maggie, muy conmovida por la sugerencia de Bob. La idea de que Tom pudiera tener penas amorosas era totalmente nueva. ¡Pobre muchacho! ¡Enamorado de Lucy, además! Pero quizá eran meras fantasías del cerebro de Bob, demasiado laborioso. Que le hubiera regalado un perro no significaba otra cosa que gratitud y cariño entre primos. Pero Bob había dicho ya: «Aquí está el señor To» y la puerta principal se abría en aquel momento.

—Tom, no tengo tiempo que perder —dijo Maggie en cuanto Bob salió de la habitación—. Debo decirte ahora mismo para qué he venido y dejarte comer en paz.


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