El molino de Floss

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—Es un lugar agradable, ¿verdad, Phil? Entra una luz magnífica desde el tejado —dijo, como siempre, en cuanto entró en el estudio. Le gustaba recordar a su hijo y a sí mismo que su indulgencia paternal le había preparado aquel lugar. Había sido un buen padre. Emily no podría reprocharle nada en ese aspecto, si saliera de la tumba—. Vamos, vamos —dijo poniéndose las lentes sobre da nariz y sentándose para tener una visión general mientras descansaba—. Tienes aquí una estupenda exposición. Palabra que no sé por qué tus obras no son tan buenas como las de ese artista de Londres, ese comosellame, por el que Leyburn pagó tanto dinero.

Philip negó con la cabeza y sonrió. Se había sentado en el taburete que utilizaba para pintar y había tomado un lápiz, con el que trazaba fuertes señales para intentar contrarrestar la sensación de temblor. Observó que su padre se levantaba y caminaba despacio, entreteniéndose afablemente en cada cuadro más de lo que su afición a los paisajes le habría inducido, hasta que se detuvo ante un caballete en el que había dos cuadros, uno mayor que el otro, y el pequeño guardado en un estuche de cuero.

—¡Vaya! ¿Y qué tienes aquí? —preguntó Wakem, sobresaltado por la repentina transición del paisaje al retrato—. Pensaba que ya no pintabas retratos. ¿Quiénes son?


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