El molino de Floss

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—Es la misma persona con distinta edad —se apresuró a contestar Philip con calma.

—¿Y de qué persona se trata? —preguntó Wakem bruscamente, clavando los ojos con recelo en el retrato, más grande.

—Es la señorita Tulliver. En el retrato pequeño aparece más o menos como era cuando yo estudiaba en King’s Lorton con su hermano: en el grande no guarda tanto parecido y corresponde al momento en que volví del extranjero.

Wakem se volvió enfurecido y con el rostro congestionado, dejó caer las lentes y miró a su hijo durante unos instantes con expresión furiosa, como si fuera a pegar al ser débil y osado que estaba sentado en el taburete. Sin embargo, se dejó caer de nuevo en el sillón y metió las manos en los bolsillos de los pantalones, sin dejar por ello de mirar airado a su hijo. Philip no le devolvió la mirada, sino que se quedó sentado contemplando la punta del lápiz.

—¿Y pretendes decir, entonces, que te has visto con ella desde que llegaste del extranjero? —preguntó finalmente Wakem con ese vano intento, al que nos empuja la ira, de castigar con las palabras y el tono, puesto que no nos está permitido golpear.


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