El molino de Floss
El molino de Floss —SÃ, la vi con frecuencia durante un año, antes de que muriera su padre. Nos veÃamos a menudo en el bosquecillo ese que está cerca del molino de Dorlcote, las Fosas Rojas. La quiero muchÃsimo: nunca querré a otra mujer. He pensado en ella desde que era una niña.
—¡Adelante, caballero! ¿Y has tenido correspondencia con ella desde entonces?
—No. No le dije que la querÃa hasta antes de que nos separáramos y ella prometió a su hermano no volver a verme ni escribirme. No estoy seguro de que me quiera ni de que quiera casarse conmigo, pero si quisiera, si me amara lo suficiente, me casarÃa con ella.
—¿Y asà me devuelves todas las atenciones que te he dedicado? —preguntó Wakem, palideciendo y temblando de rabia e impotencia ante la calma desafiante de Philip y su serenidad.
—No, padre —contestó Philip, mirándolo por primera vez—. No creo que devuelva nada. Ha sido conmigo un padre indulgente, pero siempre he pensado que se debÃa al afectuoso deseo de darme la felicidad que el destino me escatimaba; nunca creà que se tratara de una deuda que debiera pagar sacrificando todas las posibilidades que tengo de ser feliz para satisfacer unos sentimientos suyos que yo nunca podré compartir.