El molino de Floss

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—Creo que, en un caso como éste, la mayoría de los hijos compartirían los sentimientos de su padre —dijo Wakem con amargura—. El padre de esa muchacha era un bruto loco e ignorante que estuvo a punto de matarme, toda la ciudad lo sabe. Y el hermano es igualmente insolente, aunque con un carácter más frío. Dices que prohibió a su hermana que te viera: pues es capaz de romperte todos los huesos si no le haces caso. Pero pareces haber tomado una decisión: supongo que habrás tenido en cuenta las consecuencias. Naturalmente, eres independiente, puedes casarte mañana mismo con esa chica si quieres: tienes veintiséis años, puedes tomar tu camino que yo seguiré el mío. No necesitamos volver a tratarnos.

Wakem se levantó y caminó hacia la puerta, pero algo lo retuvo y, en lugar de salir de la habitación, la recorrió de un lado a otro. Philip tardó en contestar y, cuando lo hizo, habló con un tono más incisivo y claro que nunca.

—No, no puedo casarme con la señorita Tulliver, suponiendo que ella me quisiera, si sólo cuento con mis recursos. No se me ha educado para ejercer ninguna profesión. No puedo ofrecerle, además de mi deformidad, mi pobreza.


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