El molino de Floss

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—La señorita Tulliver posee una categoría que sólo los necios pueden adjudicar a la clase media —dijo con tono amargo y mordaz—: es una persona refinada de pies a cabeza y sus parientes, sean lo que sean, merecen todo el respeto por su honor y su integridad irreprochables. Todo Saint Ogg’s diría que ella es superior a mí.

Wakem lanzó una feroz mirada de interrogación a su hijo, pero Philip no lo miraba y, al cabo de unos instantes, prosiguió para explicar sus últimas palabras.

—Encuentre una sola persona en Saint Ogg’s que no le diga que sería una pena que una bella criatura como ella se casara con un ser lamentable como yo.

—¡Ella no! —exclamó Wakem, poniéndose en pie y olvidando toda consideración en un estallido de orgullo resentido, entre paternal y personal—. Para ella sería un matrimonio muy ventajoso. Cuando una muchacha quiere a un hombre, eso de las deformidades accidentales son tonterías.

—Pero en estas circunstancias, las muchachas no suelen enamorarse —dijo Philip.

—Entonces —contestó Wakem con cierta brutalidad, intentado recuperar su postura anterior—, si ella no te quiere, te podrías haber ahorrado la molestia de hablarme de ella y me podrías haber ahorrado la molestia de negarme a lo que no va a suceder.


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