Middlemarch

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—Las ideas de la señorita Garth sobre cuál debe ser la ocupación de las personas son tan rigurosas que es muy difícil satisfacerla —explicó Fred.

—Bien, al menos me alegro de que haga una excepción en favor de mi hijo —dijo la anciana señora.

Mary se estaba preguntando a qué obedecía el tono despechado de Fred cuando, al llegar el señor Farebrother, hubo que informarle de la colocación de su joven amigo a las órdenes del señor Garth. Al final dijo con tranquila satisfacción: «Eso está muy bien»; después se inclinó para examinar los rótulos de Mary y elogió su letra. Fred se sintió horriblemente celoso; se alegraba, por supuesto, de que el señor Farebrother fuese una persona tan estimable, pero lo hubiera preferido feo y gordo como sucede a veces con los hombres de cuarenta años. No había duda de cómo iba a terminar aquello, puesto que Mary colocaba públicamente a Farebrother por encima de todo el mundo, y las tres señoras se esforzaban al máximo para que prosperase aquella relación. Estaba convencido de que no hallaría una oportunidad para hablar con Mary cuando el señor Farebrother dijo:

—Fred, ayúdame a llevar estos cajones a mi estudio… Todavía no has visto mi magnífico estudio nuevo. Venga también, señorita Garth. Quiero que vea la estupenda araña que he encontrado hoy.


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