Middlemarch
Middlemarch Se acurrucó en el gran sillón, apoyando la cabeza en fatigada inmovilidad, mientras Tantripp se marchaba maravillándose de aquella extraña paradoja en el comportamiento de su joven señora: que precisamente la mañana que tenía más cara de viuda que nunca, hubiera pedido el alivio de luto rechazado en ocasiones anteriores. Tantripp nunca habría descubierto la explicación de aquel misterio. Dorothea deseaba afirmar que su vida no iba a ser menos activa que antes por haber tenido que enterrar una alegría íntima; y la costumbre, presente en su imaginación, de que todo comienzo exige ropa nueva, hacía que quisiera recurrir a todos los apoyos exteriores, hasta al más insignificante, en su camino hacia la calma y la firmeza. Porque la decisión que había tomado no tenía nada de fácil.
A las once, sin embargo, se puso en camino, dispuesta a hacer, lo más tranquila y discretamente posible, un segundo intento de ver y salvar a Rosamond.