Middlemarch
Middlemarch Rosamond estaba preparada para la visita de Will, y lo recibió con una lánguida frialdad que Lydgate atribuyó a su agotamiento nervioso, agotamiento que en ningún caso suponía relacionado con Will. Y como no decía nada, inclinada sobre la labor de costura, su marido la disculpó inocentemente de forma indirecta suplicándole que se recostara y descansase. Will se sentía muy despreciable representando el papel de amigo que hacía su primera aparición y saludaba por primera vez a Rosamond mientras cavilaba sobre sus sentimientos desde la escena del día anterior, escena que parecía unirlos inexorablemente, como si fuera la dolorosa visión de una doble locura. No hizo falta que Lydgate abandonara la habitación, porque cuando Rosamond sirvió el té y Will se acercó para recoger su taza, le había colocado un papelito doblado en el platillo. Él lo vio y se lo guardó de inmediato, sin sentir el menor deseo de examinar su contenido hasta que se halló de nuevo en su alojamiento. Lo que Rosamond le dijese por escrito intensificaría las penosas impresiones de la velada. De todas formas desdobló el papel y lo leyó a la luz de la vela junto a la cama. Solo había unas pocas palabras en la caligrafía suelta y elegante de su amiga: