Middlemarch
Middlemarch Mary estaba en un extremo del jardín, cubierto de hierba, donde había un columpio a buena altura entre dos perales. Llevaba un pañuelo rosa, atado a la cabeza, que sobresalía lo suficiente para protegerle los ojos de los rayos de sol, casi horizontales, mientras columpiaba con gran energía a Letty, que reía y chillaba con todas sus fuerzas.
Al ver a su padre, Mary dejó el columpio y fue hacia él, echándose hacia atrás el pañuelo rosa y sonriéndole desde lejos con la involuntaria sonrisa de placer que produce reunirse con los seres queridos.
—Venía en tu busca, Mary —dijo el señor Garth—. Vamos a pasear un poco.
Mary sabía muy bien que su padre tenía algo especial que decirle: sus cejas formaban un ángulo patético y había una tierna gravedad en su voz, y aquellos detalles ya le resultaban significativos cuando era de la edad de Letty. Mary se cogió de su brazo y dieron la vuelta junto a la hilera de nogales.
—Es triste que debas esperar tanto tiempo para casarte, Mary —dijo el señor Garth; no la miraba a ella, sino al extremo del bastón que empuñaba con la otra mano.