Middlemarch
Middlemarch En realidad, sin fin determinado. Era cierto que tenía ensoñaciones de posibilidades: no hay ser humano que, dotado de pasiones y de ideas, no piense en las consecuencias de sus pasiones; que no encuentre imágenes que se alcen en su mente y calmen su pasión con esperanzas o la aflijan con temores. Esto, que nos sucede a todos, presenta amplias diferencias según las personas, y Will no era uno de los que tienen una sensatez que los lleva siempre «por el camino recto»; tenía sus desvíos donde hallaba pequeñas alegrías de su propia elección, alegrías que caballeros que galopasen por el camino recto habrían considerado más bien descabelladas. La manera en que transformaba en felicidad sus sentimientos hacia Dorothea era un ejemplo de aquello. Quizá parezca extraño, pero lo cierto es que las posibilidades ordinarias y vulgares que las sospechas de Casaubon le atribuían —que la viudez de Dorothea y la amistad surgida entre ellos la llevase a aceptarlo por marido—, no le tentaban ni tenían poder para cautivarlo; Will no vivía en la situación creada por ese acontecimiento, llevándolo hasta sus últimas consecuencias, como hacemos todos con ese «mundo distinto» imaginario que es nuestro paraíso de aquí y de ahora. No era tan solo que fuese reacio a cultivar pensamientos que pudieran servir para acusarlo de bajeza, agobiado como se encontraba ya por la intranquilidad de tener que justificarse ante la acusación de ingratitud, sino que la conciencia latente de las muchas barreras entre Dorothea y él, aparte de la existencia de su marido, le habían ayudado a apartar de su imaginación cualquier cálculo sobre lo que pudiera sucederle al señor Casaubon. Y aún había otras razones. Will, como sabemos, no soportaba la idea de que apareciese el menor defecto en su cristal: le exasperaba y le encantaba al mismo tiempo la tranquila espontaneidad con que Dorothea lo miraba y hablaba con él, y había algo tan exquisito en pensar en ella tal como era que no podía anhelar ningún cambio que contribuyera a hacerla distinta. ¿No rehuimos la versión callejera de una hermosa melodía? ¿No lamentamos la noticia de que el objeto precioso —una pequeña escultura o quizá un grabado—, que nos hace recordar con alegría incluso las dificultades que nos ha costado vislumbrarlo durante unos instantes, no es en realidad una cosa muy poco corriente y puede obtenerse como cualquier posesión cotidiana? Nuestra felicidad depende de la calidad y amplitud de nuestra emoción; y para Will, una criatura a quien importaban muy poco eso que llamamos las realidades tangibles de la vida, pero sí mucho en cambio sus influencias más sutiles, disfrutar de un sentimiento como el que Dorothea le inspiraba era como heredar una fortuna. Lo que otros quizá hubiesen llamado la futilidad de su pasión suponía un gozo adicional para su espíritu: era consciente de una actividad generosa y de que estaba haciendo verdad con su propia experiencia el amor poesía que había cautivado su imaginación. Dorothea, se decía Will, estaba para siempre entronizada en su alma; era imposible que otra mujer se situara por encima de su pedestal; y él podría haber escrito en sílabas inmortales el efecto que Dorothea producía en su interior, y haberse jactado, siguiendo el ejemplo del viejo Drayton, de que