Middlemarch

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La pobre Dorothea advirtió muy pronto que su marido dormía; para ella, en cambio, el sueño había terminado. Mientras se obligaba a permanecer inmóvil para no molestarlo, en su interior se desarrollaba un conflicto en el que la imaginación agrupaba sus fuerzas primero de un lado y luego del otro. A Dorothea no se le ocurrió que el control que el señor Casaubon quería obtener sobre sus futuras acciones no tuviera relación con su obra inacabada. Le parecía, en cambio, suficientemente claro que su marido esperaba que seleccionase aquellos heterogéneos montones de datos que habían de ser las dudosas ilustraciones de principios todavía más dudosos. La pobre criatura había llegado a no creer en absoluto en la validez de aquella llave que encerraba la ambición y los esfuerzos de toda una vida. No es sorprendente que, a pesar de su escasa formación, el juicio de Dorothea en aquellas materias fuese más certero que el de su marido, ya que utilizaba unos criterios comparativos desprovistos de prejuicios y un saludable sentido común para valorar probabilidades en las que él había arriesgado todo su egoísmo. Y ahora Dorothea se representaba con la imaginación los días, los meses y los años que necesitaría para ordenar lo que podía calificarse de momias hechas añicos, y de fragmentos de una tradición que era en sí misma un mosaico elaborado con restos de ruinas… ordenándolas como alimento de una teoría tan marchita ya en el momento de nacer como el hijo de un duende. No hay duda de que un vigoroso error vigorosamente trabajado ha servido para mantener con vida los embriones de la verdad: la búsqueda del oro, al ser al mismo tiempo una interrogación sobre las sustancias en general, consigue que el cuerpo de la química esté preparado para recibir su alma, y así nace Lavoisier. Pero la teoría del señor Casaubon sobre los elementos que constituían la semilla de todas las tradiciones no era probable que se rozara accidentalmente con otros descubrimientos: flotaba entre flexibles conjeturas sin mayor solidez que esas etimologías que parecían sólidas por la semejanza entre dos sonidos, hasta que se demostró que esa semejanza, precisamente, las hacían imposibles: se trataba de un método interpretativo tan poco verificable y tan incapaz de crear aristas en condiciones de tropezar con la realidad como una descripción pormenorizada de Gog y Magog[115]; tan a salvo de sufrir interrupciones como un plan para enhebrar estrellas. Y Dorothea ¡había tenido que refrenar tantas veces su impaciencia y ocultar su cansancio ante aquella dudosa tarea de adivinar acertijos, que era lo que había acabado siendo su participación en los conocimientos sublimes que iban a hacer de su vida algo más digno de ser vivido! Comprendía con bastante claridad por qué su marido había llegado a asirse a ella como única esperanza de que su tarea alcanzara un grado de sistematización capaz de darla a conocer al mundo. Al principio tuvo la impresión de que el señor Casaubon quería mantenerla también al margen de cualquier conocimiento pormenorizado de lo que estaba haciendo; pero gradualmente las terribles exigencias de la caducidad humana… la perspectiva de una muerte demasiado rápida…


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