Middlemarch
Middlemarch Y aquí la compasión de Dorothea pasó de su propio futuro al pasado de su marido; más aún, a su desesperado batallar presente con un destino que había surgido de aquel pasado: el trabajo solitario, la ambición respirando con dificultad bajo el peso de la desconfianza en sí mismo; la meta que se aleja y las extremidades que cada vez pesan más; ¡y ahora, finalmente, la espada que se balanceaba con toda claridad sobre su cabeza! Y ¿no había querido ella casarse con él para ayudarlo en la tarea de toda una vida? Si bien Dorothea creyó que se trataba de algo mucho más grande, algo a lo que podría consagrarse con devoción por su valor intrínseco. ¿Era justo, incluso para calmar el dolor de su marido… sería posible, incluso aunque ella lo prometiera… trabajar como en una noria, sin fruto alguno?
Y, sin embargo, ¿podía decirle que no? ¿Podía decir: «me niego a satisfacer ese deseo tan vehemente»? Sería negarse a hacer por él, una vez muerto, lo que casi con toda seguridad haría si siguiera vivo. Si vivía lo que Lydgate había dicho que podía llegar a vivir, quince años, o aun más, Dorothea, sin duda, consumiría su existencia ayudándolo y obedeciéndole.