Middlemarch
Middlemarch Pero existía de todas formas una profunda diferencia entre la devoción a los vivos y aquella indefinida promesa de consagrarse a los muertos. Mientras viviera el señor Casaubon, Dorothea tenía la libertad de protestar, de negarse incluso, a cualquier exigencia de su marido. Pero —la idea le pasó por la cabeza más de una vez, aunque se negase a darle crédito— ¿no cabía que pretendiera exigirle algo que ella ni siquiera era capaz de imaginar, puesto que su marido quería que se comprometiera a cumplir sus deseos sin decirle exactamente cuáles eran? No; el corazón del señor Casaubon estaba fijo en su tarea: ese era el fin por el que su vida, que se apagaba, tenía que verse complementada por la de Dorothea.
Y ahora, si ella dijese: «¡No! Si mueres, no moveré un dedo para terminar tu trabajo»… sería como si estuviese aplastando aquel corazón tan maltrecho.
Dorothea se debatió durante cuatro horas en aquel conflicto, hasta sentirse enferma y perpleja, incapaz de decidir, rezando en silencio. Tan desfallecida como una niña que ha sollozado y que ha buscado demasiado tiempo, se quedó dormida muy de mañana y, cuando despertó, el señor Casaubon se había levantado ya. Tantripp le dijo que su marido había recitado sus oraciones y desayunado y que ya estaba en la biblioteca.