Middlemarch

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—Me gustaría quedarme tranquilo respecto al último punto del que hablamos, Dorothea. Espero que ahora estés en condiciones de dar una respuesta.

—¿Puedo verte en el jardín dentro de un momento? —dijo Dorothea, tratando de conseguir un pequeño respiro.

—Estaré en el paseo de los tejos durante la próxima media hora —dijo el señor Casaubon, saliendo a continuación de la biblioteca.

Dorothea, sintiéndose muy cansada, llamó a Tantripp para pedir que le trajera algo con que abrigarse. Llevaba unos cuantos minutos sin moverse, aunque eso no significaba la reanudación del conflicto: se daba cuenta, sencillamente, de que iba a consentir, firmando así su propia sentencia; era demasiado débil, la aterraba demasiado la idea de asestar un golpe mortal a su marido, para poder hacer algo que no fuera someterse por completo. Siguió inmóvil, permitiendo que Tantripp le pusiera el sombrero y el chal con una pasividad desacostumbrada, porque le gustaba vestirse sola.

—¡Dios la bendiga, señora! —dijo Tantripp, con un incontenible movimiento de amor hacia aquella hermosa y amable criatura por quien no podía ya hacer nada más, ahora que había terminado de ajustarle el sombrero.


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