Middlemarch
Middlemarch Cuando Dorothea se halló en uno de los caminos de grava, se demoró entre el grupo más cercano de árboles, vacilando, como ya lo hiciera en otra ocasión anterior, aunque por una razón distinta. Entonces había temido que su esfuerzo por compartir la soledad de su marido no fuese bien recibido; ahora le asustaba dirigirse al sitio donde preveía que iba a verse obligada a compartir algo de lo que quisiera evadirse. Ni la ley ni la opinión del mundo la obligaban a hacer aquello: tan solo el carácter de su marido y su propia compasión… no el yugo real del matrimonio, sino el ideal. Dorothea veía con suficiente claridad su situación y, sin embargo, estaba encadenada: no podía golpear al alma afligida que se volvía, suplicante, hacia ella. Si aquello era debilidad, Dorothea era débil. Casi había transcurrido ya la media hora, y no era posible retrasar más tiempo su respuesta. Al entrar en el paseo de los tejos no vio a su marido; como el recorrido tenía curvas, Dorothea siguió adelante, esperando vislumbrar su figura envuelta en la capa azul que, junto con un abrigado gorro de terciopelo, formaba su habitual indumentaria para salir al jardín en los días fríos. Luego se le ocurrió que quizá estuviera descansando en el cenador, hacia donde el camino se desviaba un poco. Al doblar la esquina, lo vio sentado en un banco, junto a la mesa de piedra. Sus brazos descansaban sobre la mesa y la frente reposaba sobre ellos, con lo que la capa azul caía hacia adelante, cubriéndole los dos lados de la cara.