Middlemarch
Middlemarch —No hay ninguna prisa —respondió el señor Brooke, con gran tranquilidad—. Con el tiempo podrás ir, desde luego, si lo deseas. He repasado el contenido de escritorios y cajones… y no habÃa nada… Nada excepto cosas muy elevadas, ya sabes, además del testamento. Todo se puede ir haciendo a la larga. En cuanto al beneficio, ya tengo a alguien que ha manifestado interés… Yo dirÃa que se trata de un buen candidato. El señor Tyke me ha sido recomendado encarecidamente… Ya tuve algo que ver con que se le eligiera para otro cargo. Un hombre muy apostólico, según creo, una persona muy adecuada en mi opinión…
—Me gustarÃa saber más cosas acerca de él, tÃo, y juzgar por mà misma, si el señor Casaubon no ha especificado sus deseos. Quizá haya hecho alguna adición al testamento… Puede que me haya dejado instrucciones —dijo Dorothea, que durante todo aquel tiempo habÃa supuesto algo asà en relación con la obra de su marido.
—Nada acerca de la rectorÃa, querida, nada en absoluto —dijo el señor Brooke, levantándose para marcharse y ofreciendo la mano a sus sobrinas—; tampoco acerca de sus investigaciones. Nada en el testamento. —A Dorothea le temblaron los labios—. Vamos, vamos, no debes pensar en esas cosas todavÃa. Deja que pase algún tiempo, ya me entiendes.