Cuando era divertido
Cuando era divertido La explosión de luz eléctrica había transformado la habitación en un caos de sombras y destellos. Los muebles proyectaban formas alargadas y retorcidas sobre las paredes, y cada rostro era una máscara de incertidumbre y miedo.
—¿Qué es lo que quieres? —gritó ella, con la voz rota, su cuerpo temblando mientras buscaba apoyo contra la pared más cercana.
La figura se encontraba en el centro del salón, inmóvil como una estatua. Su silueta parecía absorber toda la energía del ambiente, su presencia sofocante. —Quiero que vean lo que han hecho —respondió con calma, aunque su tono llevaba el filo de una amenaza oculta.
El hombre mayor avanzó, con los puños apretados y la mandíbula rígida. —No tienes derecho a irrumpir aquí. Si crees que puedes intimidarnos con tus juegos, estás muy equivocado.
Un chasquido. Un movimiento imperceptible de la figura, y el hombre cayó de rodillas, como si una fuerza invisible lo hubiera aplastado contra el suelo. El aire se llenó con el sonido de su jadeo, pesado, doloroso.
—¡Déjalo! —gritó el amigo de ella, corriendo hacia él. Pero antes de que pudiera alcanzarlo, la figura levantó una mano, y el chico se detuvo en seco, incapaz de moverse.