El regalo
El regalo —No me vengas con frases de autoayuda. Solo dime qué tengo que hacer.
Ella lo miró con una paciencia que lo sacó de quicio.
—Las reglas son simples. Uno: aquí no tienes nada. Lo que perdiste, ya no te pertenece. Dos: no puedes salir hasta que entiendas por qué llegaste. Tres: nadie te obligará a quedarte. Pero si decides quedarte, tendrás que aprender a vivir de verdad.
Él sintió la urgencia de gritar, de patear algo.
—Y si me niego, ¿qué pasa?
La mujer lo observó un instante antes de responder.
—Nada. Solo seguirás caminando en círculos.
Abrió la puerta y señaló el interior.
—Descansa. Mañana empezamos.
—¿Empezamos qué?
—A enseñarte a vivir sin miedo.
Él no se movió.
No confiaba en ella. No confiaba en nada.
Pero la noche era fría. Y, por ahora, no tenía otra opción.
Cruzó el umbral.
La puerta se cerró detrás de él.
Y, sin saberlo, acababa de dar su primer paso real dentro de La Isla.